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BECHOL LASHON Español – Conmemoran 500 años del primer gueto en el mundo; surgió en Venecia

veniceCon motivo del quinto centenario de la creación del primer gueto en el mundo, asentado en Venecia, el Palacio Ducal alojó una muestra que documenta la génesis de esa forma de segregación racial en perjuicio de los judíos, así como la lucha que éstos libraron en defensa de su libertad, explica Donatella Calabi, encargada de la curaduría.

La exposición Venecia: los judíos y Europa 1516-2016, que concluyó el domingo pasado en ese recinto, surgió para recordar un episodio determinante en el devenir de esa ciudad italiana.

La palabra gueto deriva del topónimo Geto (gettare en italiano; arrojar, echar), referente a la actividad de una antigua fundidora municipal, donde se vaciaba el cobre, antes de convertirse en área residencial, presente ya desde mediados del siglo XV.

El gueto nació mediante decreto del Senado veneciano el 29 de marzo de 1516, como parte de un acomodo urbano local efectuado entre los siglos XV y XVI en la ciudad más cosmopolita de su tiempo, donde a cada comunidad se asignaba un área donde podía asentarse y desarrollar el comercio: alemanes, griegos, persas, albaneses, etcétera.

El modelo del gueto pronto fue importado por el resto de Italia y Europa, como un acto de marginación y degradación.

Los primeros hebreos arribaron a Venecia a principios del siglo XI. Sin embargo, el gran éxodo data del momento de su expulsión de España (1492) y Portugal (1496), como del resto de Europa occidental, cuando fueron acogidos por la república veneciana.

Comunidad discriminada

La historia de los judíos en Venecia, antes de erigirse el gueto, había sido discriminatoria: el Senado les concedió vivir en la ciudad, pero en un área separada de los cristianos, y se asentaron en la isla de la Giudecca; fueron obligados a portar una divisa para distinguirlos: un círculo amarillo en la ropa y más tarde un gorrito también de ese color y luego rojo.

El gueto estaba delimitado por un canal y dos puertas que se abrían en la mañana y cerraban a media noche; era vigilado por cuatro cristianos que vivían dentro y recibían paga de los judíos.

Ahí se formó una comunidad cosmopolita, judíos venidos de toda Europa, que fueron prosperando; el primer gueto, llamado Viejo, se expandió, y se crearon el Nuevo y el Novísimo. En éstos se asentó una sociedad estratificada, que progresó y propició una élite laica que debilitó el poder del rabino, pues éste se aculturó, dedicándose a la impresión de libros, al préstamo de dinero, a la medicina y a la costura, actividades impuestas por la república veneciana.

Según escribe Robert Bonfil en el catálogo de la muestra: La construcción del gueto, si marginalizó al pueblo judío, también lo impulsó hacia una integración en el tejido de la sociedad occidental. Cuando posteriormente se les permitió reinstalarse en Europa, el autogobierno judío de las más tardías comunidades sefarditas, como las de Ámsterdam y Londres, siguió el ejemplo veneciano. La marginalización, aunque dolorosa, a la larga influenció la evolución de la historia judía en Europa.

Las puertas del gueto fueron demolidas durante el periodo napoleónico y el área fue bautizada como contrada de la Unión. Este acto simbólico dio inicio al proceso de emancipación de los judíos en Italia, al adquirir los mismos derechos que el resto de la población.

La primera mitad del siglo XX es la época de oro de los judíos venecianos, pues alcanzaron los más altos cargos políticos e intelectuales del país. Se piensa, por ejemplo, que la crítica de arte Margherita Sarfatti fue biógrafa y paradójicamente amante de Mussolini.

A principios de esa centuria, sólo una tercera parte de los residentes del gueto eran judíos. Durante la ocupación alemana fueron víctimas 246 judíos en Venecia. No será hasta los años 80 cuando comenzó la recuperación de esa área desde la inauguración del museo judío y la restauración de sinagogas.

Contra los prejuicios

Respecto del exterminio judío por los nazis, el cineasta ucranio Sergei Loznitsa (1964) lo aborda en su documental más reciente.

Austerlitz (título que retoma el de la obra maestra de W.G. Sebald) está ambientado en Sachsenhausen, cerca de Berlín. Loznitsa no hace más que plantar lacónicamente la cámara y muestra en blanco y negro cómo la memoria colectiva puede deglutirse en el consumismo del morbo, entre selfiesen salas crematorias, audioguías y t-shirts.

En un reciente viaje por las repúblicas bálticas, me percaté con sorpresa no sólo de cuán modestos (aunque genuinos y con buena investigación histórica) son los museos judíos de Vilna y Riga, sino el irrisorio interés que suscitan entre los turistas.

Lituania y Letonia (el caso de Estonia es distinto) son incomprensibles, como el resto de Europa del Este, sin la crónica de tan populosa comunidad, sobre todo desde su asentamiento a finales del siglo XVIII –cuando fueron expulsados de Rusia y confinados en los nuevos territorios del Imperio, al oeste de sus fronteras tradicionales– hasta su exterminio casi absoluto durante el nazismo.

Al visitar esos lugares se percibe la inaplazable necesidad de oponerse al crecimiento del racismo, del populismo, de la construcción de muros, del uso político del temor mediante la utilización del arma del conocimiento del otro para eliminar prejuicios y permitir la tolerancia y la integración humanas.

La Jornada 15.11.2016